Sábado, 18 Noviembre 2017 00:00

Adrián Guacarán en el 'país portátil'

 
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La catapulta mediática de Guacarán fue, justamente, en Puerto Ordaz La catapulta mediática de Guacarán fue, justamente, en Puerto Ordaz Foto Archivo

@marcosdavidv

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Después de enero de 1985, cuando el país que gobernaba Jaime Lusinchi atravesaba la euforia de la reciente visita de  Karol Wojtyła (Juan Pablo II, para señas más concretas), comenzó una segunda euforia: la fiebre por Adrián Guacarán.

No era para menos: en tierra de raigambre católica, un niño de Caucagua y estudiante de sexto grado se paró delante de un micrófono y, con gañote melódico, cantó durante siete minutos y 10 segundos, apenas acompañado por la levedad de un teclado discreto y un coro de niños.

Iba diciendo/ Por los caminos/ Amigo soy/ Soy amigo”. Fue la banda sonora de un momento de énfasis en la historia venezolana: la de la primera vez que el máximo jerarca del catolicismo pisaba ese proyecto de república que ha sido siempre Venezuela.

Aunque no lo quiso, Adrián Guacarán fue, desde ese martes de enero de 1985, una parte de ese proyecto de república: el de una república que, ante tanto desánimo de encontrarse, ha terminado desencontrada.

El niño moreno y macizo que, aplomado, cantó a pleno sol de Alta Vista, lo convirtieron en una promesa. So pena de caer en el pecado (para recurrir a un término religioso, ya que se aborda el tema) del pesimismo, el mismo país que aclamó a Guacarán lo dejó únicamente en el estándar de promesa.

A Guacarán, después, lo engolosinaron. Grabó un disco en el que se le veía con una chaqueta estilo Menudo y un arte ochentero, nada acorde con los cánticos religiosos que desplegó en el vinilo.

Se pretendió convertirlo en algo que quizás no fue. O que no podía ser. Guacarán se topó con la crudeza de dejar de ser el niño prodigio del canto para diluirse en un recuerdo. No cantaba a la sensualidad ni a la sexualidad. No humedecía a las adolescentes. No fue el galán que llenaba el Poliedro. Guacarán fue el niño que le cantó al Papa. Y nada más.

¿Cuáles fueron los síntomas? Que Guacarán fue un esporádico en programas conmemorativos de la visita papal. Solo la segunda visita de Wojtyla, en 1996, y su muerte, en 2005, lo trajeron de vuelta a la palestra con cantos aquí y allá. Más que un éxito, la canción El peregrino fue el techo que le impidió crecer. Y el país, cómo no: el mismo país que quema y desecha a sus artistas.

Desechado se encontró a 44 años. Trabajaba en la Asamblea Nacional, después de un tiempo desempleado. Y desechado estuvo en sus últimos días, cuando una hipertensión se juntó con una insuficiencia renal y lo arrojaron al ocaso en el Hospital Domingo Luciani.

“Me gustaría estudiar la carrera de Medicina y cantar”, le dijo a RCTV en una entrevista a los pocos días de su único clímax mediático. En ese mismo programa, un vecino dijo sobre él: “Hay valores ocultos, como Adrián, que espero que en un futuro salgan adelante”.

Pues no.

La verdad es que Guacarán no salió adelante. La verdad es que fue víctima de ese País portátil que, con maestría, describió Adriano González León. El mismo país en el que la muerte de Simón Díaz fue asunto rutinario. El mismo país en el que el monte se traga una obra demasiado de avanzada como el Museo de Arte Moderno Jesús Soto. El país que anula. Que eclipsa. El país utilitario. El país en el que aquella promesa llamada Adrián Guacarán se murió el jueves, a las 10:30 de la noche, después de mendigar unas medicinas.

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